BICENTENARIO
Por: Antonio Zapata (*)
La
mayor parte de los países de América Latina celebra el primer grito de
independencia. Mientras que nosotros lo hacemos con la consumación final. Si
así lo hicieran, Ecuador celebraría el triunfo de Bolívar en Pichincha, que
recién fue en 1822 y Bolivia el derrumbe del último ejército realista,
capitaneado por Olañeta, que ocurrió después de la batalla de Ayacucho,
comenzando 1825.
Así,
el momento elegido para las celebraciones no responde tanto a hechos de la
independencia, sino a distintas costumbres frente al proceso de emancipación.
En nuestro caso, podemos aprovechar el tiempo que tenemos delante para
reflexionar sobre nuestra problemática nación, en vísperas de cumplir
doscientos años de vida independiente.
Para
comenzar, tenemos bicentenarios concretos que han de interesar al público. Por
ejemplo, pronto son doscientos años de las Corte de Cádiz, donde la
participación peruana fue tan destacada. Ello será el año 2012, cuando también
será el bicentenario del levantamiento de Francisco de Zela en Tacna. A
partir de entonces, tuvimos movimientos criollos partidarios de las juntas y la
autonomía de los cabildos contra el poder del Virrey.
Ese
movimiento tuvo su momento culminante en el levantamiento de los hermanos
Angulo en Cusco el año 1814. La decisiva participación del cacique
Pumacahua le añade dramatismo a esta rebelión, porque él había combatido por el
Rey de España contra Túpac Amaru cuando joven, y murió viejo rebelde contra el
monarca.
Como
vemos, hay mucha historia por conmemorar y tiempo para llegar a conclusiones.
Si nos quedamos dormidos no lograremos nada. Para aprovechar el tiempo que el
país tiene por delante debemos ser activos en esta materia. Los historiadores
son una comunidad que puede realizar esfuerzos sostenidos durante un período
prolongado. Nos apasiona manejar el tiempo y podemos cronometrar nuestros
relojes de investigación para apuntar al bicentenario.
El
verdadero tema es el país, la república y sus dramas. En ocasión del centenario
se elaboraron muchos estudios y algunas mentes brillantes, como Jorge Basadre,
acuñaron expresiones famosas que marcaron la interpretación sobre nuestro
pasado. Entre otras, “la promesa de la vida peruana”, que ubica en el
futuro una esperanza de realización, ya que se reconoce una realidad
conflictiva y compleja.
El
movimiento del bicentenario peruano debe iniciarse en los predios de la
historia, pero está destinado a extenderse a todas las disciplinas. En efecto,
sólo si se piensa al país desde distintos ángulos puede arribarse a una
síntesis fértil y capaz de inspirar una transformación.
La
meta real es el cambio. Hoy casi todos los peruanos tenemos la convicción de
que el país funciona de manera muy imperfecta, que todo se podría hacer mejor y
que somos una nación difícil. Esa constatación supera el inconformismo
existente cien años atrás. Hemos retrocedido en autoestima y eso que no hemos
perdido una nueva guerra con Chile.
Por
ello, la reflexión sobre el bicentenario adquiere sentido si se busca la clave
del país. Una llave que se nos ha extraviado y que conduce al progreso nacional
y la armonía social.
Fuente:
La República (16-09-2009)
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